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El útero de las semillas (y V)

¿Celebran las mujeres campesinas y rurales este día en reuniones de consumo o están produciendo para que otros consuman?

Las mujeres de Tumbatú, son en realidad medallas e investigadoras por sus valiosas contribuciones y al mismo tiempo por su empeño y constancia en el aprendizaje para el mejoramiento de sus cultivos, que constituyen el principio armónico de la familia. Floripes Acosta mujer de la comunidad, expresa: “como mujer me siento orgullosa porque aporto al hogar, soy responsable de la crianza de mis hijos y comparto los gastos con mi esposo porque no tenemos un trabajo estable, me siento orgullosa de mi trabajo, no me siento realizada porque no tengo todo lo que necesito, pero por lo menos ya aporto al hogar, otra forma de producir o de crear sentido de humanidad y presencia activa en los grandes debates y demandas de nuestra sociedad”.

Al respecto del papel de la mujer nos dice: “No solo en este lugar las mujeres tenemos que sentirnos responsables y unirnos, tenemos que estar organizadas para hacernos escuchar, porque de gramo en gramo haces un quintal”.
El Ecuador de ellas es el Ecuador de la tierra, los cactus, tomates, guandul, porotos, sus bailes, su música y sus cantos, es el Ecuador de la inmensa mayoría, de los que nada tienen, porque hasta la vida aquí es por arriendo, sin embargo que no dejan de ser expresiones de danza indescriptibles, son semilleros de futbolistas, sino que se pregunten los aficionados a este universal deporte cuanto le debemos al Tin Delgado, alimentado con frejol, ovos y raspadura.

Ellas ven también un país en donde se reconocen investigadoras por cuanto saben cómo cambian las cosas y la realidad en un país que identifica su clase media en consumidores urbanos e intermediarios, así como la comodidad de comprar en las tiendas y nunca preguntarse quién produjo y trabajó.

La comunicación es fundamental en este proceso de discusión sobre el deliberado ocultamiento, pues trae consigo el peligroso juego de mostrarles a los productores como consumidores del sistema, y más peligroso aun, distraen su cultura y armonía tierra-humanidad por el sentido supermercado-publicidad en donde, la humanidad está ausente.

No es Estados Unidos de Norteamérica, España, Italia, o Australia, el mundo; como tampoco es Quito, Cuenca, Guayaquil o Ibarra, el Ecuador, es más o somos más. Es Tumbatú, Carpuela, San Vicente de Pusir, el Juncal o la Concepción, es más que eso, es entender que lo que no sale en los mapas de producción y comercio agrícola también existe, están, y muy a pesar del poder hegemónico del dinero, hay otra forma sagrada de poder, la vida.

¿Qué hacen estas mujeres negras?, son el punto de inicio de la cadena productiva, en la construcción de la realidad, son la centralidad de un eje, el neurálgico del desarrollo social, la agricultura, la comida para una misma necesidad básica, el hambre y la desnutrición, que amenazan el sentido del nosotros.

Lo que solicitan los afroecuatorianos es “Por un lado la lucha contra la discriminación, exclusión y abuso de poder que sufrimos las mujeres y hombres que pertenecemos a comunidades diferentes al mestizo y, por otro lado, la discriminación dentro y fuera de nuestras comunidades por el hecho de ser mujeres”.

Es así como “no interesa analizar una visión o un sujeto abstracto que sería el portador del `buen vivir´, sino la confluencia de múltiples perspectivas que se dan cita alrededor de estrategias que pugnan por la construcción de un buen vivir”12 En esta parte es cuando damos cuenta que la acción de la mujer es principio del sumak kawsay.
Que les llegue la capacitación permanente, las posibilidades económicas para comprar las tierras, en sentido comunitario, que por ahora rentan, que les llegue tecnologías y mecanismos de comercialización justos, equitativos, retributivos, que les lleguen acciones y acciones sociales que no permitan ceder su fuerza espiritual, lúdica, ética y física para seguir haciendo de la agricultura su condecoración y reconocimiento por lo que hacen, que nunca falte una cámara de televisión o una fotografía que muestre lo que hacen, que no les falle la naturaleza para que siempre saquen sus productos a los mercados, que todos les visibilicemos y volvamos a poner nuestras miradas en la tierra, que no les falte la voluntad de trabajar para que nosotros comamos en las grandes ciudades. Porque si les llega a faltar o no alcanzan a tener lo que en derecho y justicia reclaman, sencillamente, ese día, el día que ya no puedan producir sus semillas, ese día desaparecerá de nuestras bocas no solo el alimento sino el sencillo y cósmico “Dios les pague”.

Sólo allí sabremos que no ha sido Dios, los supermercados, los partidos políticos y los poderosos, el dinero, los intermediarios y la publicidad los que nos dan de comer, solo allí aparecerán las desaparecidas, mujeres rurales de la pequeña inmensidad llamada tierra. En los saberes ancestrales, en la convivencia con la tierra no existe el 1 de mayo, no existe el día de la mujer, no existe el día de la madre, ni el del agricultor porque para ellas todos los días son trabajo, ser mujer, ser pachamama, ser agricultoras. Y como dice nuestro maestro, periodista y amigo, Fernando Villarroel Gutiérrez: kaya puncha tian, “mañana también hay día”.

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