El útero de las semillas (III)
¿Cómo serían nuestras comunidades si tendríamos un centro de acopio de los alimentos para nosotras vender directamente al consumidor?, algo que si creemos que debe pasar dice la mujer con optimismo aletargado, porque ella sabe que las cosas están cambiado. Han tenido que esperar mucho tiempo para que los demás sepan que existen y están allí, en la tierra, produciendo alimentos, y de poco a poco les llega la capacitación científica, que en armonía o sumados a sus saberes ancestrales las cosas son mejores y prometen más alegría.
Este proceso, como asegura Marisol Palacios se llevó a cabo en su comunidad gracias al apoyo del Instituto Nacional Autónomo de Investigaciones Agropecuarias, INIAP, que con la misión de generar y proporcionar tecnologías apropiadas, productos, servicios y capacitación especializados para contribuir al desarrollo sostenible de los sectores agropecuario, agroforestal y agroindustrial, realizó un proceso de investigación participativa, el cual se impulsó a través de Comités de Investigación Agrícola Local, CIAL, que tuvieron como objetivo dar un servicio de investigación dirigido por los agricultores y agricultoras, para satisfacer las necesidades de la comunidad. Si para ellos fuera posible tener un fácil acceso a las tecnologías, mejorarían las condiciones de vida de su comunidad y las mujeres tendrían un fácil acceso a la educación y capacitación, componentes esenciales de cualquier estrategia para mejorar la productividad agrícola y no agrícola, y sacar a los hogares de la pobreza. Aprender acerca de tecnologías y métodos de producción mejorados, nuevos productos y mercados, y habilidades de negocios y de vida (tal como la gestión de la salud, la toma de decisiones, la confianza en sí mismo o el manejo de conflictos) puede hacer una gran diferencia. (FAO, Revista Género y empleo rural, 2010)
No menos importante es dejar de decir los sentimientos de Silvia Yépez, que arranca de lo más profundo de la tierra un sentimiento que a veces parece negado: “nosotras sembramos y producimos semillas en terrenos arrendados” y tenemos que seguir haciéndolo, por el tiempo que sea, rentamos la tierra para producir, algo que no debe ser así, sabemos que nuestro trabajo nos dará algún día propiedad sobre esta tierra que ya nos conoce como trabajamos, y quizás no sea tarde cuando nuestros hijos ya no quieran saber nada de la agricultura. O la búsqueda de Esperanza Vizcaíno que cree que con investigación participativa se puede producir y prescindir del uso de químicos en los cultivos. “Ahora sabemos identificar las enfermedades en nuestros cultivos” y así ya no abusamos ni gastamos dinero como nos enseñaron, casi nos obligaban, los que venden químicos para mejorar la producción. “cada vez somos más agricultura orgánica, de mejor calidad”, en nosotras está volviendo el tiempo a lo que fue la agricultura en nuestros padres y abuelos, de buena calidad, bastante y natural, dice con mucho orgullo esta hermosa mujer que tiene la belleza de la tierra reflejada en sus ojos.
Nuestra agricultura es unión, encuentro y comunidad con el todo: cielo, tierra, agua, aire, vientos huracanados, lluvias y un calor que hace buscar la sombra o construir la sombra, porque aquí si la vida es caliente en temperatura, por eso nosotras somos mañaneras en el trabajo, desde las cinco de la mañana comienzan nuestras actividades y hasta la una de la tarde, porque el sol es agotador en la tarde, en ese tiempo trabajamos dentro de techo y a la sombra, pero siempre trabajamos, así que deben olvidarse, a partir de saber esto, quienes creen que el negro es “vago”. Los que dicen eso nunca madrugan por eso no nos ven trabajar desde la aurora al medio día.
Somos fiesta, alegría, feria, juegos, deportes, paseo en nuestro pequeño parque, celebramos con mucho color y sonido a nuestra Medallita Milagrosa y cada vez aumenta la fe y la esperanza en la grandiosidad divina, esa que les da ceremonia, ritualidad y libertad espiritual. Esto hace que la paz, la participación y la tranquilidad, la libertad de participación y organización sean un sentido de seguridad y convivencia, sean protección. La palabra de los viejos es muy importante en la comunidad, así como el respeto a los derechos, la justicia, los deberes y responsabilidades. Es importante resaltar que el consumo de alcohol no es preocupación, es ritual, de encuentro social, sin riñas ni violencia.
Nuestra negritud es profunda y no se mancha, dice Rogelia Mina, entre sonrisas y risas que se confunden con la claridad del medio día. Que nos respeten más sabiendo que nosotros hacemos la agricultura para tanta gente que sin conocernos come y se alimenta en las grandes ciudades y en los países hermanos como Colombia, Venezuela y también nuestros productos van a Europa, dice con asentado orgullo de lo que son sus valores y aspiraciones.
Pensar en el trabajo de esta comunidad, el trabajo de sus mujeres, rurales y urbanas a la vez, es pensar y actuar en la doble dimensión, reconocer y mostrar lo que los sistemas utilitarios y poderosos han logrado como refuerzo a la esclavitud, el estigma y la invisibilización, peligrosa forma de decir que no existen, peligrosa marginación del desarrollo que incluso les pensó y calificó de inviables, claro opacamiento y forma de desaparecer a los que reclaman derechos humanos desde las entrañas de la tierra, no admiten y resisten a un modelo perverso, inhumano y excluyente.