El útero de las semillas (I)
El útero de las semillas es la tercer y última obra ganadora del concurso de ensayos “Cultiva un futuro mejor para las mujeres rurales”. Norma Constanza Escobar Ávila, María Verónica Garzón Ortiz y Francisco Javier Guarderas Baldeón son los creadores de este escrito.
Reconocerse es vivir proyectados, anclados en un presente con historia y futurizados en el sentido de la lucha diaria que se constituye en el espacio para resemantizar el sentido del poder, del poder de la opresión, el control y las determinaciones, al poder de servir y ser útiles en una sociedad que tanto lo necesita, la nuestra. En el presente real, y que sin embargo las invisibiliza.
El útero de las semillas. Vídeo
Sin dejar de mirar atrás, al pasado fundante de lo que somos los seres humanos: energía constituyente entre la tierra, la mujer y la semilla para la alimentación que trae un diseño genético hecho para la homeóstasis de la vida, la ecología y la ternura, pensar el presente en la utopía de que no se quede ningún ser humano hambriento, porque entonces todos tenemos hambre.
Así, dicen, en palabra y acto las mujeres de Tumbatú, La Asociación de Medallita Milagrosa y las mujeres y hombres del Comité de Investigación Agrícola Local, CIAL, no se puede ser espectadores de una realidad lacerante que amenaza la vida estable, honrosa y tranquila. Tumbatú, la comunidad alegre y luchadora de la parroquia San Vicente de Pusir perteneciente al cantón Bolívar en la provincia del Carchi; de tierras al margen izquierdo del rio en pleno Valle del Chota, la comunidad de la buena calidad de tierras, que regadas por el canal de Ambuquí, presentan las mejores condiciones para la producción agrícola. Su nombre tan sencillo y humilde, es el espejo de la sazón nacional, de la familia Palacios, la heredera de un pasado de esclavos que decidieron ser libres; cuenta la historia narrada por los abuelos, que al arribar al lugar, los hermanos Palacios se propusieron tumbar árboles para edificar la choza donde habitarían, sin embargo ninguno de ellos quería realizar ese trabajo y empezaron a discutir: “tumba ese árbol”, “no túmbalo tú”, como no se ponían de acuerdo uno de ellos resolvió que el mejor nombre que podía llevar esta comunidad sería Tumbatú.
Así, en la actualidad en ella habitan 10001 familias, las cuales batallan día a día bajo el sol que madruga con ellos y quema su lomo mientras trabajan en el campo, no obstante es lo que les da vida y felicidad.
Si decimos de nosotras y nosotros, en el Ecuador, según estadísticas en uso, somos: una población de 15.007.343 (Julio 2011) en edades: 0-14 años: 30,1% (hombres 2.301.840/mujeres 2.209.971), 15-64 años: 63,5% (hombres 4.699.548/mujeres 4.831.521), 65 años en adelante: 6,4% (hombres 463.481/mujeres 500.982), datos necesarios para conocer las dimensiones de quiénes somos y desde donde hablamos.
Dicen con mucha nostalgia y con esa dignidad que les caracteriza en la voz que dibuja el eco de la negritud que viene desde siempre: “nuestros hijos ahora van a la escuela, al colegio, van a la universidad, antes nosotras no tuvimos estas oportunidades, duras las pasamos”. Eran tiempos dramáticos, lo que no quiere decir que vivamos ahora muy bien, nos hace falta un puente entre Juncal y Tumbatú para sacar nuestros alimentos y acercarnos a la vía principal de movilización de los productos de la tierra, con la finalidad de poder obtener un mejor desarrollo de nuestra comunidad y hacer que la comunicación con otras comunidades sea más fluida y accesible.
Hoy en salud, nuestras vidas están atendidas por un buen médico, que junto a la medicina ancestral, heredada de nuestros abuelos, hace que mantengamos nuestra cultura viva y nos ha enseñado que cualquier menjurje será útil siempre y cuando exista la fe de por medio. Quizá nuestra cultura y trabajo de semilleristas, productoras de semillas, producción comercial e investigación participativa y el trabajo de pos cosecha y selección de grano de Medallita Milagrosa, en el frejol (porotos) nos ayude a ser vistos como yo entiendo que es mi país Ecuador, hecho de gente, de muchos colores, como los colores del frejol en nuestros campos y en nuestros sabrosos platos de comida de todos los días, dice con una ternura telúrica Rogelia Minda, mujer afro de Tumbatú.
Son tantas realidades y cosas de nuestro vivir, dicen las mujeres de Tumbatú, que deben ser mostradas y reconocidas: nuestra familia, el sentido de vivienda y de bienestar, de vivir en comunidad, sin embargo, si nos preocupan los embarazos tempranos de las adolescentes de la comunidad, que se siguen incrementando debido a la falta de planificación familiar y educación sexual, y eso no es cultural, nuestros jóvenes necesitan recibir información de personas especializadas en el tema. Así el bienestar de las relaciones y los vínculos de unión, solidaridad y apoyo se verían más fortalecidos.
Tenemos asociaciones, clubes, amigos, somos una sociedad que pasó de jugar vóley y otras actividades a la reunión de trabajo para ayudar a nuestros maridos en el sostenimiento de la economía de la casa, y hoy somos lo principal y fundamental en este proceso diario de ganarnos la vida. De esta manera ayudamos a nuestros maridos, quienes también nos colaboran en las tareas del campo, asimismo se dedican a la comercialización de nuestros productos y evitamos de alguna forma ser devorados por los intermediarios que sin ningún riesgo tienen los productos para aumentar sus ganancias en el mercado. A pesar de la baja tasa de empleo de las mujeres en general, entre las mujeres empleadas, la proporción de mujeres que trabajan en la agricultura frente a otros sectores es igual o inferior que la de los hombres. En este contexto el trabajo que ellas realizan para ayudar a sus maridos es doble, pues no sólo es en el campo como agricultoras, productoras y semilleristas, sino también en el hogar, ya que están pendientes del cuidado de sus hijos y lo más importante, son el eje fundamental de la seguridad alimentaria y nutricional.